La Batalla de Agincourt fue una inesperada victoria que las fuerzas inglesas lograron sobre las tropas francesas en el otoño de 1415, en esta población del norte de Francia, en el transcurso de la Guerra de los Cien Años. Agincourt fue un hito clave de ese larguísimo conflicto, que dio inicio a una nueva fase del mismo, en que los ingleses se apoderaron de media Francia.
Superados ampliamente en número (sextuplicados, según algunas fuentes), los soldados de Enrique V de Inglaterra pretendían restaurar los derechos de su rey sobre el control de los territorios que su corona poseía en Francia.
Superados ampliamente en número (sextuplicados, según algunas fuentes), los soldados de Enrique V de Inglaterra pretendían restaurar los derechos de su rey sobre el control de los territorios que su corona poseía en Francia.
La Guerra de los Cien Años (que duró en realidad 116) fue el último gran conflicto feudal de la Edad Media. Los condes de Anjou, ahora casa reinante francesa, poseían amplísimos y muy productivos territorios en el oeste y sudoeste de Francia, que por la Batalla de Hastings pasaron a depender del trono inglés. El control de los ingentes recursos económicos de esas regiones desencadenaría la Guerra de los Cien Años y, en definitiva, conduciría al enfrentamiento crucial en Agincourt.
En 1204 Francia invadió Normandía y despojó a Inglaterra de una de sus provincias más importantes. Bajo Eduardo I estallaron algunas hostilidades entre ambos países, que duraron de 1294 a 1298. Entre 1324 y 1325, se desató un nuevo conflicto con Francia que se conoce como Guerra de San Sardos. En 1329, el rey inglés Eduardo III respondió reclamando la corona de Francia en medio de lo que amenazaba con convertirse de guerra feudal a conflicto dinástico. Felipe VI consiguió adueñarse de Gascuña en 1337, dando origen oficialmente a la Guerra de los Cien Años.
En 1346 los franceses atacaron a Eduardo III en Crecy y en 1356 a su hijo (el Príncipe Negro) en Poitiers, pero en ambas oportunidades fueron derrotados por las fuerzas inglesas. En ese mismo año, los ingleses capturaron al rey francés y a sus nobles, lo que les permitió obtener grandes ventajas en las negociaciones, que determinaron el Tratado de Bretigio (1360), desastroso para Francia.
Finalmente, un nuevo rey, fuerte, ambicioso y completamente decidido a obtener lo que, según la teoría inglesa le pertenecía, hizo su aparición en este lúgubre escenario. Se llamaba Enrique V de Inglaterra y se juramentó a llevar la guerra, por última y definitiva vez, al corazón del territorio enemigo. Así, y siguiendo sus órdenes, se planeó y ejecutó la operación que concluiría en la batalla de Agincourt.
En 1204 Francia invadió Normandía y despojó a Inglaterra de una de sus provincias más importantes. Bajo Eduardo I estallaron algunas hostilidades entre ambos países, que duraron de 1294 a 1298. Entre 1324 y 1325, se desató un nuevo conflicto con Francia que se conoce como Guerra de San Sardos. En 1329, el rey inglés Eduardo III respondió reclamando la corona de Francia en medio de lo que amenazaba con convertirse de guerra feudal a conflicto dinástico. Felipe VI consiguió adueñarse de Gascuña en 1337, dando origen oficialmente a la Guerra de los Cien Años.
En 1346 los franceses atacaron a Eduardo III en Crecy y en 1356 a su hijo (el Príncipe Negro) en Poitiers, pero en ambas oportunidades fueron derrotados por las fuerzas inglesas. En ese mismo año, los ingleses capturaron al rey francés y a sus nobles, lo que les permitió obtener grandes ventajas en las negociaciones, que determinaron el Tratado de Bretigio (1360), desastroso para Francia.
Finalmente, un nuevo rey, fuerte, ambicioso y completamente decidido a obtener lo que, según la teoría inglesa le pertenecía, hizo su aparición en este lúgubre escenario. Se llamaba Enrique V de Inglaterra y se juramentó a llevar la guerra, por última y definitiva vez, al corazón del territorio enemigo. Así, y siguiendo sus órdenes, se planeó y ejecutó la operación que concluiría en la batalla de Agincourt.
Ejército inglés
Enrique V
Comandante en jefe: Enrique V de Inglaterra
Grandes señores: 24
Caballeros: 80
Hidalgos, terratenientes y hombres de armas con derecho a utilizar escudo de armas: 1.200
Arqueros a caballo: 4.128
Arqueros a pie: 3.771
Maestros artilleros: 4
Maestros carpinteros: 2
Capellanes y sacerdotes: 29
Juglares: 15
Otros (incluyendo zapadores, artilleros, operarios, zapateros, armadores, herreros y cirujanos): 450
Total aproximado: 9.704
Ejército francés
Comandantes en jefe: Condestable Carlos d´Albret y Mariscal Juan le Maingre (Boucicault)
Grandes señores: 23
Primera línea
Hombres de armas montados: 2.400
Hombres de armas a pie: 8.000
Segunda línea
Hombres de armas a pie: 6.000
Arqueros y ballesteros: 2.000
Tercera línea
Hombres de armas montados: 6.000
Total aproximado: 17.825
Como se ve, la disparidad de fuerzas era notable y favorecía claramente al ejercito frances.
Enrique V
Comandante en jefe: Enrique V de Inglaterra
Grandes señores: 24
Caballeros: 80
Hidalgos, terratenientes y hombres de armas con derecho a utilizar escudo de armas: 1.200
Arqueros a caballo: 4.128
Arqueros a pie: 3.771
Maestros artilleros: 4
Maestros carpinteros: 2
Capellanes y sacerdotes: 29
Juglares: 15
Otros (incluyendo zapadores, artilleros, operarios, zapateros, armadores, herreros y cirujanos): 450
Total aproximado: 9.704
Ejército francés
Comandantes en jefe: Condestable Carlos d´Albret y Mariscal Juan le Maingre (Boucicault)
Grandes señores: 23
Primera línea
Hombres de armas montados: 2.400
Hombres de armas a pie: 8.000
Segunda línea
Hombres de armas a pie: 6.000
Arqueros y ballesteros: 2.000
Tercera línea
Hombres de armas montados: 6.000
Total aproximado: 17.825
Como se ve, la disparidad de fuerzas era notable y favorecía claramente al ejercito frances.
Ejército inglés
Enrique V. El rey inglés fue nombrado caballero en un campo de batalla irlandés (a los 12 años de edad) por el rey Ricardo II. Años más tarde, un día antes de convertirse en Príncipe de Gales, recibió un segundo espaldarazo de manos de su padre, Enrique IV. Esta segunda distinción le fue otorgada por sus victorias contra Escocia, Gales y dos ejércitos ingleses rebelados. Cuando murió su padre y Enrique fue coronado (1413), acumulaba una larga experiencia de batalla, había sido seriamente herido en el rostro y se había convertido en un estratega serio y minucioso y en un táctico de primera línea. Conocía la importancia de prestar atención a los pequeños detalles y lo esencial de cuidar la contrata de los soldados, la organización logística y los suministros de munición, pertrechos y alimentos. Era, además, un jefe valiente, duro y disciplinado, enemigo de los lujos y los vicios y frío en el campo de batalla.
Enrique de Beaufort. Tío del rey, se convirtió en su financiero. No sólo le hizo préstamos millonarios para pagar la campaña de Francia sino que actuó como jefe de reclutamiento.
Conde de Arundel. Tesorero de Enrique. Organizó los pagos, abonó los contratos de los marinos y ocupó el cargo de jefe de suministros.
Tomás Beaufort, Conde de Dorset. Jefe de la Armada de Enrique, comandó la flota que transportó las tropas al continente.
Ricardo Courtenay, obispo de Norwich. Fue el jefe de inteligencia del ejército inglés. Sus espías pululaban por Francia e informaban a Enrique de todo lo que veían. Era un diplomático excelente, cargo con el que disimulaba sus actividades de espionaje.
Nicolás Merbury. Jefe de suministros y materiales. Proveyó todo lo necesario en cuanto a equipos, munición, armas, monturas y avíos.
Ejército francés
Armas del duque de Orleans
Condestable Carlos d´Albret. Experto y decidido guerrero, se vio obligado a comandar el ejército al fallar todos los candidatos en la línea sucesoria del rey de Francia.
Mariscal Juan le Maingre. Conocido por el sobrenombre de "Boucicault", se trataba de un duro veterano de las Cruzadas, eficiente y con un prestigio que había trascendido las fronteras de su país. Derrotado en la Batalla de Nicópolis en 1396 mientras mandaba la Cruzada Borgoñona, defendió Constantinopla contra los ataques otomanos en 1399. En vida suya se compusieron poemas épicos y canciones en su honor. Comandó el ejército junto al condestable.
David, señor de Rambures. Jefe de los Ballesteros del Rey Carlos, tercero en la cadena de mando del ejército francés.
Juan, duque de Borgoña. Llamado "Juan Sin Miedo", tercero en el escalafón real después de Carlos y el delfín Luis, estaba enfrentado con su colega el duque de Orleans. Tenía 24 años y escasa o nula experiencia bélica.
Carlos, duque de Orleans. No tenía mucha experiencia militar. Contaba 21 años y odiaba a Juan de Borgoña. En 1413 había derrotado a un ejército de ingleses y gascones en Soubise.
Duque Juan de Alençon. Absolutamente incompetente como jefe militar, había fracasado en Bourges tres años antes de la batalla de Agincourt.
Diferencias entre ambos comandos
Los ingleses poseían, como se ha visto, un mando único y coherente, un comandante veterano y competente y un grupo de jefes aguerridos y dedicados, con funciones y responsabilidades claras y perfectamente definidas.
Los franceses, por el contrario, llegaron al campo de batalla de Agincourt divididos, confundidos y enfrentados entre sí. El rey Carlos VI estaba enfermo desde hacía décadas y experimentaba frecuentes ataques de demencia que le impedían cumplir con sus deberes de comandante militar.
Los que le seguían en la línea de sucesión no eran mejores que él. Su hijo (el delfín Luis) tenía sólo 19 años, estaba enfermo, carecía absolutamente de experiencia militar y los asuntos del ejército nunca le habían interesado.
El tercero y el cuarto en la línea, el duque Juan de Borgoña y Carlos, duque de Orleans, respectivamente, se detestaban a muerte porque el primero había asesinado al padre del segundo en 1413. A tanto llegaba su odio que Carlos asesinaría a Juan Sin Miedo como venganza en 1419. El quinto era Juan de Valois, duque de Alençon, inexperto y poco inteligente.
La solución que encontraron los consejeros de Carlos VI fue nombrar a d´Albret y Boucicault como comandantes (asistidos por David de Rambures, jefe de los Ballesteros de la Casa Real), pero sometidos a la supervisión de un consejo formado por los tres duques.
D´Albret y Boucicault establecieron un plan que hubiese sido correcto de haber prosperado: consistía en aplicar la táctica de la "tierra arrasada" frente a los ingleses, rehuir el combate abierto, retroceder obligándolos a alejarse de sus líneas de suministros y dejarlos perecer de hambre. Si los duques hubiesen dejado hacer a estos dos comandantes profesionales, el destino de la batalla de Agincourt podría haberles sonreído.
Pero los tres duques (hombres de alta cuna y nobleza, sobre los que los soldados profesionales pero plebeyos, como Boucicault y d'Albret, no tenían ninguna autoridad ni control) desautorizaron a los comandantes y les ordenaron enfrentarse a Enrique en Agincourt. Los militares de carrera debieron obedecer, aun pensando que el resultado sería funesto.
A pesar de todo, prepararon el combate lo mejor que supieron durante los días anteriores. Sin embargo, el 24 de octubre d´Albret y Boucicault, agobiados por la continua interferencia de los incompetentes miembros del triunvirato de duques, prácticamente se habían resignado y ya no daban órdenes a nadie.
El ejército francés estaba desorientado y carecía ahora de jefes, mientras las disciplinadas tropas de Enrique se acercaban a paso redoblado.
Enrique V. El rey inglés fue nombrado caballero en un campo de batalla irlandés (a los 12 años de edad) por el rey Ricardo II. Años más tarde, un día antes de convertirse en Príncipe de Gales, recibió un segundo espaldarazo de manos de su padre, Enrique IV. Esta segunda distinción le fue otorgada por sus victorias contra Escocia, Gales y dos ejércitos ingleses rebelados. Cuando murió su padre y Enrique fue coronado (1413), acumulaba una larga experiencia de batalla, había sido seriamente herido en el rostro y se había convertido en un estratega serio y minucioso y en un táctico de primera línea. Conocía la importancia de prestar atención a los pequeños detalles y lo esencial de cuidar la contrata de los soldados, la organización logística y los suministros de munición, pertrechos y alimentos. Era, además, un jefe valiente, duro y disciplinado, enemigo de los lujos y los vicios y frío en el campo de batalla.
Enrique de Beaufort. Tío del rey, se convirtió en su financiero. No sólo le hizo préstamos millonarios para pagar la campaña de Francia sino que actuó como jefe de reclutamiento.
Conde de Arundel. Tesorero de Enrique. Organizó los pagos, abonó los contratos de los marinos y ocupó el cargo de jefe de suministros.
Tomás Beaufort, Conde de Dorset. Jefe de la Armada de Enrique, comandó la flota que transportó las tropas al continente.
Ricardo Courtenay, obispo de Norwich. Fue el jefe de inteligencia del ejército inglés. Sus espías pululaban por Francia e informaban a Enrique de todo lo que veían. Era un diplomático excelente, cargo con el que disimulaba sus actividades de espionaje.
Nicolás Merbury. Jefe de suministros y materiales. Proveyó todo lo necesario en cuanto a equipos, munición, armas, monturas y avíos.
Ejército francés
Armas del duque de Orleans
Condestable Carlos d´Albret. Experto y decidido guerrero, se vio obligado a comandar el ejército al fallar todos los candidatos en la línea sucesoria del rey de Francia.
Mariscal Juan le Maingre. Conocido por el sobrenombre de "Boucicault", se trataba de un duro veterano de las Cruzadas, eficiente y con un prestigio que había trascendido las fronteras de su país. Derrotado en la Batalla de Nicópolis en 1396 mientras mandaba la Cruzada Borgoñona, defendió Constantinopla contra los ataques otomanos en 1399. En vida suya se compusieron poemas épicos y canciones en su honor. Comandó el ejército junto al condestable.
David, señor de Rambures. Jefe de los Ballesteros del Rey Carlos, tercero en la cadena de mando del ejército francés.
Juan, duque de Borgoña. Llamado "Juan Sin Miedo", tercero en el escalafón real después de Carlos y el delfín Luis, estaba enfrentado con su colega el duque de Orleans. Tenía 24 años y escasa o nula experiencia bélica.
Carlos, duque de Orleans. No tenía mucha experiencia militar. Contaba 21 años y odiaba a Juan de Borgoña. En 1413 había derrotado a un ejército de ingleses y gascones en Soubise.
Duque Juan de Alençon. Absolutamente incompetente como jefe militar, había fracasado en Bourges tres años antes de la batalla de Agincourt.
Diferencias entre ambos comandos
Los ingleses poseían, como se ha visto, un mando único y coherente, un comandante veterano y competente y un grupo de jefes aguerridos y dedicados, con funciones y responsabilidades claras y perfectamente definidas.
Los franceses, por el contrario, llegaron al campo de batalla de Agincourt divididos, confundidos y enfrentados entre sí. El rey Carlos VI estaba enfermo desde hacía décadas y experimentaba frecuentes ataques de demencia que le impedían cumplir con sus deberes de comandante militar.
Los que le seguían en la línea de sucesión no eran mejores que él. Su hijo (el delfín Luis) tenía sólo 19 años, estaba enfermo, carecía absolutamente de experiencia militar y los asuntos del ejército nunca le habían interesado.
El tercero y el cuarto en la línea, el duque Juan de Borgoña y Carlos, duque de Orleans, respectivamente, se detestaban a muerte porque el primero había asesinado al padre del segundo en 1413. A tanto llegaba su odio que Carlos asesinaría a Juan Sin Miedo como venganza en 1419. El quinto era Juan de Valois, duque de Alençon, inexperto y poco inteligente.
La solución que encontraron los consejeros de Carlos VI fue nombrar a d´Albret y Boucicault como comandantes (asistidos por David de Rambures, jefe de los Ballesteros de la Casa Real), pero sometidos a la supervisión de un consejo formado por los tres duques.
D´Albret y Boucicault establecieron un plan que hubiese sido correcto de haber prosperado: consistía en aplicar la táctica de la "tierra arrasada" frente a los ingleses, rehuir el combate abierto, retroceder obligándolos a alejarse de sus líneas de suministros y dejarlos perecer de hambre. Si los duques hubiesen dejado hacer a estos dos comandantes profesionales, el destino de la batalla de Agincourt podría haberles sonreído.
Pero los tres duques (hombres de alta cuna y nobleza, sobre los que los soldados profesionales pero plebeyos, como Boucicault y d'Albret, no tenían ninguna autoridad ni control) desautorizaron a los comandantes y les ordenaron enfrentarse a Enrique en Agincourt. Los militares de carrera debieron obedecer, aun pensando que el resultado sería funesto.
A pesar de todo, prepararon el combate lo mejor que supieron durante los días anteriores. Sin embargo, el 24 de octubre d´Albret y Boucicault, agobiados por la continua interferencia de los incompetentes miembros del triunvirato de duques, prácticamente se habían resignado y ya no daban órdenes a nadie.
El ejército francés estaba desorientado y carecía ahora de jefes, mientras las disciplinadas tropas de Enrique se acercaban a paso redoblado.
La marcha hacia Agincourt
El Somme, cerrado
Ciento sesenta kilómetros separaban a las tropas de Enrique de Calais: los suministros eran escasos y el ejército debía hacer numerosas paradas en atención a la diarrea de los soldados enfermos.
Así como su fuerza estaba debilitada y confundida por la enfermedad, la de Carlos VI lo estaba por la ya citada falta de liderazgo. En medio de la debacle organizativa, el anciano Duque de Berry estaba intentando asumir la dirección y reconstituir la cadena de mando, gravemente afectada por la interferencia de los tres duques en desmedro de la autoridad de los comandantes.
Mientras esto sucedía, Enrique, que necesitaba atravesar el río Somme, descubría con desesperación que el vado de Blanchetacque estaba bloqueado con estacas y cadenas y que, al otro lado, el condestable d´Albret con 6.000 hombres obstruían el paso hacia Abbeville. Para peor, la orilla opuesta se encontraba defendida también por la fuerza que comandaba Guichard Dauphin, señor de Jaligny.
Los franceses se habían ocupado de destruir los puentes y cerrar los vados, por lo que la única alternativa de Enrique parecía ser seguir al sur hasta rebasar las nacientes del río, lo que representaba una larga marcha de otros 100 km.
El cruce del río
El Somme, cerrado
Ciento sesenta kilómetros separaban a las tropas de Enrique de Calais: los suministros eran escasos y el ejército debía hacer numerosas paradas en atención a la diarrea de los soldados enfermos.
Así como su fuerza estaba debilitada y confundida por la enfermedad, la de Carlos VI lo estaba por la ya citada falta de liderazgo. En medio de la debacle organizativa, el anciano Duque de Berry estaba intentando asumir la dirección y reconstituir la cadena de mando, gravemente afectada por la interferencia de los tres duques en desmedro de la autoridad de los comandantes.
Mientras esto sucedía, Enrique, que necesitaba atravesar el río Somme, descubría con desesperación que el vado de Blanchetacque estaba bloqueado con estacas y cadenas y que, al otro lado, el condestable d´Albret con 6.000 hombres obstruían el paso hacia Abbeville. Para peor, la orilla opuesta se encontraba defendida también por la fuerza que comandaba Guichard Dauphin, señor de Jaligny.
Los franceses se habían ocupado de destruir los puentes y cerrar los vados, por lo que la única alternativa de Enrique parecía ser seguir al sur hasta rebasar las nacientes del río, lo que representaba una larga marcha de otros 100 km.
El cruce del río
Era esencial para los ingleses cruzar el río, y hacerlo pronto. El 17 Enrique giró al norte y recibió una noticia edificante: entre Voyennes y Bethencourt existían unos vados practicables.
El día 19 a las 8 de la mañana, la vanguardia del ejército inglés comenzó a vadear el Somme, comandada por Sir Gilberto Umfraville y Sir John (Juan) de Cornwall. El río tenía en ese punto orillas pantanosas, pero medía sólo 200 m de ancho y la corriente era débil. Con el agua a la cintura, las tropas consiguieron llegar al otro lado.
La fuerza principal inició el cruce al mediodía, con el mismísimo Enrique V parado en la orilla y "dirigiendo el tránsito" para regular el flujo de hombres y caballos, en una acción que luego repetiría el general norteamericano George S. Patton durante la Segunda Guerra Mundial.
Los franceses atacan
Conscientes de que la acción se complicaba, los franceses atacaron entonces, lanzando grupos de jinetes sobre la cabeza de la fuerza principal que acababa de cruzar el río. Pero a las 5 de la tarde, ya todos los ingleses se encontraban en la margen oriental del Somme y había quedado claro que los esfuerzos de las pequeñas agrupaciones de caballería gala serían ya infructuosos.
El último esfuerzo
El día 21 de octubre de 1415, las fuerzas de Enrique se pusieron en marcha otra vez, encontrando las huellas de un enorme contingente francés. Los especialistas ingleses determinaron, por la cantidad de pisadas, que los franceses los superaban en número de 1 a 3. Ello pintó una triste perspectiva para aquellos hombres hambrientos, enfermos y agotados. Además, los franceses iban por delante de ellos y les llevaban un día de ventaja, lo que les permitiría elegir el campo de batalla que más les conviniera.
Pero Enrique no se arredró: cruzó un nuevo río (el Ternoise), enviando unos exploradores a los alrededores. A su regreso, le informaron que una gran concentración de tropas enemigas se encontraba a menos de 4 km a su derecha.
Los franceses, conscientes de la cercanía del ejército de Enrique, se aproximaron hasta que los separó apenas una franja de terreno de unos 800 m. El rey inglés acampó en Maisoncelles, y desde sus campamentos los británicos podían escuchar los movimientos de los caballos enemigos, mientras sus cuidadores los preparaban para pasar la noche.
Era la noche del 24 de octubre de 1415. La batalla se produciría al día siguiente.
Agincourt
El campo de batalla
Al amanecer del día 25 de octubre de 1415, Enrique llevó a sus tropas desde la ciudad de Maisoncelle hasta un enorme campo entre dos bosques, situado a menos de 1.600 m del sitio donde había pasado la noche.
El terreno (lo que hoy llamamos "campo de batalla de Agincourt") era de mala naturaleza y no ha cambiado en seis siglos. Está hoy, como lo estaba entonces, lleno de piedras y malezas, con sólo algunos sectores arados con poco cuidado.
En un extremo de este erial esperaba a Enrique el monstruoso ejército francés.
El plan inglés
El rey británico desplegó su frente en el extremo opuesto del terreno y, siguiendo con la táctica usual de los ejércitos ingleses en la Guerra de los Cien Años (que ya les había rendido grandes beneficios en la Batalla de Crecy), colocó tres cuerpos de hombres de armas en el centro y dos grandes "cuñas" de arqueros en los lados, adelantadas en ángulo con respecto a sus compañeros, para componer una especie de "manga" o "embudo" desde donde poblar de fuego convergente a los atacantes que avanzaran sobre ellos.
En un rapto de inspiración genial, Enrique pensó que la caballería francesa intentaría atacar a los arqueros de los flancos. Por ello ordenó que cada arquero se proveyera de una estaca de 1,80 m de longitud, afilada por ambos extremos y clavada en el suelo apuntando en ángulo hacia el enemigo. Estas estacas, así como unas estructuras de madera llamadas "gradas", con estacas en los vértices, salvaron la vida de los arqueros demostrando constituir una defensa impenetrable para la caballería. La empalizada de estacas era una fortificación recia pero a la vez flexible: si se daba el caso, el arquero inglés podía cambiar de lugar llevándose su grada o su estaca, volverla a colocar y seguir tan protegido como antes en la nueva ubicación. Ningún poderoso caballo de guerra se atrevería a cargar sobre él. Un testigo presencial indica que las puntas de las estacas debían quedar a la altura de la cintura del arquero, es decir, apuntando al vientre del caballo atacante.
El plan francés
Mapa táctico de la batalla
Los franceses no esperaban la determinación de Enrique al plantarles cara, ocupar el extremo opuesto del campo de Azincourt y obligarlos a combatir durante ese día.
A lo largo de la noche anterior, los espías franceses habían certificado que superaban a sus enemigos tres o más a uno, y pensaban que se podría amenazar y presionar a Enrique para obligarlo a aceptar un armisticio humillante.
En los días anteriores, d´Albret había movilizado a sus tropas y se había reunido con las de Boucicault el día 13, conformando el gigantesco ejército que Enrique tenía ahora frente a sí.
Los jefes franceses dispusieron en Agincourt una vanguardia de sólo 6.000 hombres (menor que la de los ingleses). Sin darse cuenta de que Enrique había adivinado su intención, los dos comandantes en jefe ordenaron a la caballería que apenas comenzada la lid se lanzaran sobre los arqueros ingleses de los flancos. Sus espías no podían saber nada de las estacas y las gradas, lo que resultó funesto para el resultado de la lucha.
Boucicault y d´Albret establecieron sus estandartes en el centro de su frente (a izquierda y derecha, respectivamente). A la derecha, colocaron una gran fuerza de hombres de armas a pie dirigida por el Señor de Richemont, y otra equivalente a la izquierda bajo las órdenes de Vendôme y Jaligny. Apoyaban al ala derecha las tropas de los señores de Combourg y Montauban. Debido a lagunas documentales no sabemos con certeza dónde ubicaron a los hacheros y alabarderos, pero posiblemente los hayan situado detrás de ambas alas.
La artillería fue colocada (para no castigar a sus soldados con fuego propio) delante de los hombres de armas, mientras que una gran fuerza de caballería (más de 1.000 jinetes) se ubicó aparte del resto de las tropas, en el extremo izquierdo y ligeramente atrás. D´Albret y Boucicault entregaron el mando de este escuadrón al Señor de Rambures y Jefe de los Ballesteros de la Casa Real, David, cotriunviro suyo en el mando del ejército. David reclutó a su millar de jinetes entre la nobleza más granada de las demás compañías. Fue este grupo el encargado de atacar a los arqueros ingleses.
Otros 200 jinetes (hombres de armas de primer nivel) con la mitad de los pajes montados en los mejores caballos remanentes de sus señores, mandados por Lord Bosredon, fueron comisionados para flanquear a los ingleses y atacarlos por retaguardia.
El plan de batalla francés (autógrafo y cuyo original se conserva) dice: "En el momento en que (David) se disponga a atacar a los arqueros, las divisiones de a pie y los flancos deberán ponerse en marcha y avanzar juntos: esta división estará formada por la mitad de los pajes (la otra estaba con los 200 jinetes)". Los de Bosredon debían atacar a la retaguardia inglesa en el mismo momento, esto es, cuando David de Rambures se lanzara contra las cuñas de arqueros en los flancos ingleses.
Es decir que el plan francés constaba de tres partes:
I: Atacar a los arqueros ingleses y ponerlos en fuga;
II: Crear confusión atacando al mismo tiempo por retaguardia; y
III: Avanzar coordinadamente con los hombres de a pie, el resto de la caballería y los hombres de armas a pie y a caballo, acercándose a los ingleses hasta establecer contacto y derrotarlos fácilmente.
Diplomacia y negociaciones
Parece cierto que Enrique V se sentía remiso a entablar combate ante la enorme disparidad numérica que lo perjudicaba. Por ello, en la misma madrugada y con ambos ejércitos ya desplegados en el campo de batalla buscó la negociación con los franceses.
Se le respondió que la única manera de evitar una matanza consistía en renunciar a sus pretensiones a la corona de Francia y devolver la recién conquistada ciudad de Harfleur. Si hacía lo que se le pedía, se le permitiría conservar sus posiciones en Guienne.
Esto exasperó a Enrique, que respondió exigiendo Guienne, cinco ciudades del condado de Ponthieu, la mano de la princesa Catalina (hija del rey Carlos VI) y nada menos que 300.000 coronas de dote. Aunque esta petición pueda parecer desmedida, era de una gran moderación comparada con sus anteriores exigencias de ser nombrado rey de Francia.
Pasadas dos horas ya eran las 8 de la mañana y los ingleses no habían recibido respuesta. Por lo tanto, Enrique decidió pelear.
Avance y despliegue inglés
El jefe inglés ordenó que sus tropas avanzaran organizada y lentamente: había llovido, y el campo arado era resbaladizo e inseguro. Al llegar a 200 m de los franceses (justo fuera del alcance de sus arcos), mandó que se adoptaran las posiciones de combate.
El rey estaba en el centro de la formación, rodeado de 900 hombres de armas, sus nobles y los estandartes de la Trinidad, de sus colores de armas, de San Jorge y San Eduardo. A su alrededor se levantaban los estandartes de sus jefes y consejeros: Kent, Roos, Gloucester, Huntingdon, Oxford, York, March y Cornwall.
Enrique montó en su pequeño caballo gris, se quitó las espuelas (señal de que pensaba desmontar y luchar a pie, porque era muy inseguro hacerlo con ellas colocadas) y dirigió un discurso a sus hombres, recordando que el rey de Francia había ordenado cortar tres dedos de la mano derecha de cada arquero inglés que se capturase con vida, de modo que nunca más pudiera empuñar su arma.
Dispuso sus flancos (compuestos, como se ha dicho, de arqueros expertos) apoyados y protegidos por los dos bosques que cercaban el campo, avanzó unos metros más y preparó cuidadosamente el "embudo" para la caballería francesa.
Avance y despliegue francés
El día 19 a las 8 de la mañana, la vanguardia del ejército inglés comenzó a vadear el Somme, comandada por Sir Gilberto Umfraville y Sir John (Juan) de Cornwall. El río tenía en ese punto orillas pantanosas, pero medía sólo 200 m de ancho y la corriente era débil. Con el agua a la cintura, las tropas consiguieron llegar al otro lado.
La fuerza principal inició el cruce al mediodía, con el mismísimo Enrique V parado en la orilla y "dirigiendo el tránsito" para regular el flujo de hombres y caballos, en una acción que luego repetiría el general norteamericano George S. Patton durante la Segunda Guerra Mundial.
Los franceses atacan
Conscientes de que la acción se complicaba, los franceses atacaron entonces, lanzando grupos de jinetes sobre la cabeza de la fuerza principal que acababa de cruzar el río. Pero a las 5 de la tarde, ya todos los ingleses se encontraban en la margen oriental del Somme y había quedado claro que los esfuerzos de las pequeñas agrupaciones de caballería gala serían ya infructuosos.
El último esfuerzo
El día 21 de octubre de 1415, las fuerzas de Enrique se pusieron en marcha otra vez, encontrando las huellas de un enorme contingente francés. Los especialistas ingleses determinaron, por la cantidad de pisadas, que los franceses los superaban en número de 1 a 3. Ello pintó una triste perspectiva para aquellos hombres hambrientos, enfermos y agotados. Además, los franceses iban por delante de ellos y les llevaban un día de ventaja, lo que les permitiría elegir el campo de batalla que más les conviniera.
Pero Enrique no se arredró: cruzó un nuevo río (el Ternoise), enviando unos exploradores a los alrededores. A su regreso, le informaron que una gran concentración de tropas enemigas se encontraba a menos de 4 km a su derecha.
Los franceses, conscientes de la cercanía del ejército de Enrique, se aproximaron hasta que los separó apenas una franja de terreno de unos 800 m. El rey inglés acampó en Maisoncelles, y desde sus campamentos los británicos podían escuchar los movimientos de los caballos enemigos, mientras sus cuidadores los preparaban para pasar la noche.
Era la noche del 24 de octubre de 1415. La batalla se produciría al día siguiente.
Agincourt
El campo de batalla
Al amanecer del día 25 de octubre de 1415, Enrique llevó a sus tropas desde la ciudad de Maisoncelle hasta un enorme campo entre dos bosques, situado a menos de 1.600 m del sitio donde había pasado la noche.
El terreno (lo que hoy llamamos "campo de batalla de Agincourt") era de mala naturaleza y no ha cambiado en seis siglos. Está hoy, como lo estaba entonces, lleno de piedras y malezas, con sólo algunos sectores arados con poco cuidado.
En un extremo de este erial esperaba a Enrique el monstruoso ejército francés.
El plan inglés
El rey británico desplegó su frente en el extremo opuesto del terreno y, siguiendo con la táctica usual de los ejércitos ingleses en la Guerra de los Cien Años (que ya les había rendido grandes beneficios en la Batalla de Crecy), colocó tres cuerpos de hombres de armas en el centro y dos grandes "cuñas" de arqueros en los lados, adelantadas en ángulo con respecto a sus compañeros, para componer una especie de "manga" o "embudo" desde donde poblar de fuego convergente a los atacantes que avanzaran sobre ellos.
En un rapto de inspiración genial, Enrique pensó que la caballería francesa intentaría atacar a los arqueros de los flancos. Por ello ordenó que cada arquero se proveyera de una estaca de 1,80 m de longitud, afilada por ambos extremos y clavada en el suelo apuntando en ángulo hacia el enemigo. Estas estacas, así como unas estructuras de madera llamadas "gradas", con estacas en los vértices, salvaron la vida de los arqueros demostrando constituir una defensa impenetrable para la caballería. La empalizada de estacas era una fortificación recia pero a la vez flexible: si se daba el caso, el arquero inglés podía cambiar de lugar llevándose su grada o su estaca, volverla a colocar y seguir tan protegido como antes en la nueva ubicación. Ningún poderoso caballo de guerra se atrevería a cargar sobre él. Un testigo presencial indica que las puntas de las estacas debían quedar a la altura de la cintura del arquero, es decir, apuntando al vientre del caballo atacante.
El plan francés
Mapa táctico de la batalla
Los franceses no esperaban la determinación de Enrique al plantarles cara, ocupar el extremo opuesto del campo de Azincourt y obligarlos a combatir durante ese día.
A lo largo de la noche anterior, los espías franceses habían certificado que superaban a sus enemigos tres o más a uno, y pensaban que se podría amenazar y presionar a Enrique para obligarlo a aceptar un armisticio humillante.
En los días anteriores, d´Albret había movilizado a sus tropas y se había reunido con las de Boucicault el día 13, conformando el gigantesco ejército que Enrique tenía ahora frente a sí.
Los jefes franceses dispusieron en Agincourt una vanguardia de sólo 6.000 hombres (menor que la de los ingleses). Sin darse cuenta de que Enrique había adivinado su intención, los dos comandantes en jefe ordenaron a la caballería que apenas comenzada la lid se lanzaran sobre los arqueros ingleses de los flancos. Sus espías no podían saber nada de las estacas y las gradas, lo que resultó funesto para el resultado de la lucha.
Boucicault y d´Albret establecieron sus estandartes en el centro de su frente (a izquierda y derecha, respectivamente). A la derecha, colocaron una gran fuerza de hombres de armas a pie dirigida por el Señor de Richemont, y otra equivalente a la izquierda bajo las órdenes de Vendôme y Jaligny. Apoyaban al ala derecha las tropas de los señores de Combourg y Montauban. Debido a lagunas documentales no sabemos con certeza dónde ubicaron a los hacheros y alabarderos, pero posiblemente los hayan situado detrás de ambas alas.
La artillería fue colocada (para no castigar a sus soldados con fuego propio) delante de los hombres de armas, mientras que una gran fuerza de caballería (más de 1.000 jinetes) se ubicó aparte del resto de las tropas, en el extremo izquierdo y ligeramente atrás. D´Albret y Boucicault entregaron el mando de este escuadrón al Señor de Rambures y Jefe de los Ballesteros de la Casa Real, David, cotriunviro suyo en el mando del ejército. David reclutó a su millar de jinetes entre la nobleza más granada de las demás compañías. Fue este grupo el encargado de atacar a los arqueros ingleses.
Otros 200 jinetes (hombres de armas de primer nivel) con la mitad de los pajes montados en los mejores caballos remanentes de sus señores, mandados por Lord Bosredon, fueron comisionados para flanquear a los ingleses y atacarlos por retaguardia.
El plan de batalla francés (autógrafo y cuyo original se conserva) dice: "En el momento en que (David) se disponga a atacar a los arqueros, las divisiones de a pie y los flancos deberán ponerse en marcha y avanzar juntos: esta división estará formada por la mitad de los pajes (la otra estaba con los 200 jinetes)". Los de Bosredon debían atacar a la retaguardia inglesa en el mismo momento, esto es, cuando David de Rambures se lanzara contra las cuñas de arqueros en los flancos ingleses.
Es decir que el plan francés constaba de tres partes:
I: Atacar a los arqueros ingleses y ponerlos en fuga;
II: Crear confusión atacando al mismo tiempo por retaguardia; y
III: Avanzar coordinadamente con los hombres de a pie, el resto de la caballería y los hombres de armas a pie y a caballo, acercándose a los ingleses hasta establecer contacto y derrotarlos fácilmente.
Diplomacia y negociaciones
Parece cierto que Enrique V se sentía remiso a entablar combate ante la enorme disparidad numérica que lo perjudicaba. Por ello, en la misma madrugada y con ambos ejércitos ya desplegados en el campo de batalla buscó la negociación con los franceses.
Se le respondió que la única manera de evitar una matanza consistía en renunciar a sus pretensiones a la corona de Francia y devolver la recién conquistada ciudad de Harfleur. Si hacía lo que se le pedía, se le permitiría conservar sus posiciones en Guienne.
Esto exasperó a Enrique, que respondió exigiendo Guienne, cinco ciudades del condado de Ponthieu, la mano de la princesa Catalina (hija del rey Carlos VI) y nada menos que 300.000 coronas de dote. Aunque esta petición pueda parecer desmedida, era de una gran moderación comparada con sus anteriores exigencias de ser nombrado rey de Francia.
Pasadas dos horas ya eran las 8 de la mañana y los ingleses no habían recibido respuesta. Por lo tanto, Enrique decidió pelear.
Avance y despliegue inglés
El jefe inglés ordenó que sus tropas avanzaran organizada y lentamente: había llovido, y el campo arado era resbaladizo e inseguro. Al llegar a 200 m de los franceses (justo fuera del alcance de sus arcos), mandó que se adoptaran las posiciones de combate.
El rey estaba en el centro de la formación, rodeado de 900 hombres de armas, sus nobles y los estandartes de la Trinidad, de sus colores de armas, de San Jorge y San Eduardo. A su alrededor se levantaban los estandartes de sus jefes y consejeros: Kent, Roos, Gloucester, Huntingdon, Oxford, York, March y Cornwall.
Enrique montó en su pequeño caballo gris, se quitó las espuelas (señal de que pensaba desmontar y luchar a pie, porque era muy inseguro hacerlo con ellas colocadas) y dirigió un discurso a sus hombres, recordando que el rey de Francia había ordenado cortar tres dedos de la mano derecha de cada arquero inglés que se capturase con vida, de modo que nunca más pudiera empuñar su arma.
Dispuso sus flancos (compuestos, como se ha dicho, de arqueros expertos) apoyados y protegidos por los dos bosques que cercaban el campo, avanzó unos metros más y preparó cuidadosamente el "embudo" para la caballería francesa.
Avance y despliegue francés
D´Albret, Boucicault y Rambures organizaron su fuerza en tres divisiones: vanguardia, centro y retaguardia. Los historiadores contemporáneos dicen que sumaban entre 30 y 150.000 hombres, aunque la primera cifra parece más razonable. Pero fue ciertamente un número inmenso, entre dos y seis veces mayor que el de los ingleses.
La vanguardia contaba 6 a 8.000 hombres de armas, 1.500 ballesteros y 4.000 arqueros. La mandaba personalmente Carlos d´Albret, asistido por los duques de Orleans y Borgoña, los condes de Eu y Richemont, su cocomandante Boucicault, el almirante de Francia y el señor de Dauphin. Cambiando el plan original, se pidió a David que, en lugar de ocupar el lugar asignado a la izquierda y detrás de la fuerza de ataque, se ubicara ahora en la vanguardia. Se mandó a Vendôme a reemplazarlo al flanco, con 1.600 hombres a la izquierda. Por la derecha formaba el señor de Brabante, al mando de una fuerza de 800 guerreros escogidos. Con los hombres de estas dos fuerzas de flanco se entremezclaban valientes nobles como Guillermo, Héctor y Felipe Paveuse (hermanos), Lanion de Launay, Ferry de Mailly, Allain de Vendonne, Aliaume de Gapaines y otros.
El centro del ataque francés era igual o ligeramente inferior a la vanguardia. Sumaba entre 3 y 6.000 hombres de armas y servidores armados, todos ellos a las órdenes de los duques de Bar y Alençon y de los condes de Nevers, Roussy, Grand-pré, Vaudemont, Salines y Blaumont. Según algunos cronistas, los artilleros estaban en esta sección, así como los arqueros y ballesteros. Fuentes francesas de la época señalan que no llegaron a disparar ni una sola flecha o venablo.
La retaguardia estaba compuesta por 8 a 10.000 hombres de armas montados. Los acompañaban entre 16 y 20.000 no combatientes armados.
En estas condiciones se entabló la batalla.
La batalla
Fase I: Avance inglés y carga de caballería francesa
Batalla de Agincourt
Con los ejércitos separados, Enrique ordenó el avance. A 200 m del enemigo, los arqueros formaron las cuñas de los flancos y clavaron sus estacas en el suelo, formando sus empalizadas defensivas. Acto seguido, descargaron una inmensa nube de flechas sobre el enemigo.
Se cree que este diluvio de muerte desde el aire estimuló a los franceses a entrar en acción. Los ballesteros intentaron contraatacar, pero debieron retirarse por la superioridad del fuego de los arqueros ingleses.
A continuación, d´Albret ordenó la carga de la caballería contra los flancos donde se parapetaban los arqueros, pero la misma fue un terrible fracaso: de los 800 jinetes del ala derecha sólo atacaron 160, mientras que los 1.000 del lado izquierdo sufrieron deserciones semejantes. Los caballeros debieron haberse dado cuenta de que los ataques a los flancos eran imposibles (porque Enrique, inteligentemente, había apoyado a sus arqueros contra los dos bosquecillos), y tampoco la fuerza encargada de atacar la retaguardia inglesa intentó siquiera cumplir su tarea.
Entre los que sí atacaron estaba Guillermo de Saveuse, cuyo caballo chocó contra una estaca, haciéndolo volar sobre el lomo para caer en medio de los arqueros enemigos. Uno de ellos tomó su daga "misericordia" y lo mató rápidamente.
Fase II: Ataque principal de las tropas francesas y melée
La fuerza del centro francés, aún no muy castigada pero asombrada y confundida por el fracaso del ataque a los flancos, intentó entonces avanzar hacia los estandartes de Enrique V (centro del ataque inglés).
Cortaron los astiles de sus lanzas y avanzaron en desorden, sin comprender que el fracaso del ataque anterior los había condenado de antemano a la derrota: los arqueros ingleses estaban intactos, y, a medida que los franceses se internaban en el "embudo" que conducía al frente inglés, les disparaban y los diezmaban con fuego de arco, sembrando la muerte y la confusión entre las tropas francesas.
Cuando los sobrevivientes llegaron a la distancia "de una lanza" de sus enemigos, comenzó el combate cuerpo a cuerpo. La lucha fue feroz: el duque de York recibió un golpe en el casco que le rompió el cráneo y lo mató instantáneamente. Los dieciocho guerreros franceses que habían jurado matar a Enrique V murieron enseguida, pero alguien (posiblemente el duque de Alençon), consiguió asestar al rey un golpe de maza en el casco que se lo abolló y le arrancó los adornos. De haber llevado la cabeza desnuda hubiese perdido la vida. El duque de Oxford cayó, moribundo, junto a Enrique, y éste debió batallar duramente contra dos soldados franceses para evitar que remataran al herido, lo que logró.
En ese momento, los arqueros ingleses comprendieron que sus arcos no tenían ya utilidad, porque en la salvaje melée (un tipo de combate cuerpo a cuerpo desordenado e informe) tenían tantas posibilidades de acertarle a un amigo como a un enemigo. Por lo tanto, se deshicieron fríamente de ellos y, empuñando las espadas, hachas y mazas, se lanzaron también a la confusa lucha. Los arqueros no llevaban armadura, lo que se convirtió en una ventaja determinante al enfrentarse a los caballeros franceses encerrados en sus pesadas armaduras. En pocos minutos, los mataron a todos.
Los franceses confundieron asimismo el sentido de la lucha y menospreciaron los riesgos de rendirse: pensaban que la melée era un duelo honorable, un lance singular uno contra otro en el que, al encontrarse vencido, se podía arrojar al suelo las armas o el guante y esperar un trato justo. Como es natural, los ingleses (muchos de ellos hartos y enfermos, y para colmo campesinos e iletrados) no opinaban lo mismo. El duque de Alençon murió por este motivo: luego de su lucha con Enrique V, súbitamente le entregó sus armas. Enrique, sorprendido, las aceptó. Cuando Alençon inclinó la cabeza en gesto de agradecimiento, fue rápidamente degollado por un arquero inglés que había echado mano a su afilada daga. A muchos otros nobles franceses les sucedieron desgracias similares.
La segunda división francesa se sumó a la primera y fue también masacrada; la tercera, aún montada, decidió que lo mejor era retirarse prudentemente y se alejó a galope del campo de batalla.
Ninguno de los dos jefes franceses estaban ahora en situación de recomponer su formidable ejército (que aún continuaba superando largamente en número a los ingleses): d´Albret había muerto en la melée y Boucicault había sido capturado. A a lo largo y ancho de la vanguardia francesa era un mar de confusión, y los hombres caían, huían o morían como moscas.
Fase III: la matanza
La Batalla de Agincourt había comenzado y concluido en apenas media hora. Llegaba el mediodía, y los ingleses reunían a sus prisioneros, saqueaban a los muertos y hacían cuentas acerca de los suculentos rescates que obtendrían por las vidas de los nobles capturados. Hasta aquí, el final no se diferenciaba en nada a los de las demás batallas medievales.
Pero, a primera hora de la tarde, algo inesperado sucedió. El señor de toda aquella zona, Isembart de Agincourt, junto con Robinet de Bournonville, Riflart de Clamasse y otros hombres de armas autóctonos, atacaron por cuenta propia la retaguardia de Enrique y, aprovechando la relajación de la victoria, entraron en su campamento, mataron a sus ocupantes y se apoderaron de los bienes, incluyendo la corona y la espada incrustada de joyas del rey.
Al mismo tiempo, los jinetes de la tercera división francesa (aquellos que se habían dispersado y huido sin combatir) se arrepintieron de su conducta, conscientes del deshonor que se estaban inflingiendo a sí mismos. Los condes de Marle y Fauquenbergh, apoyados por los señores de Chin y Louvroy, reunieron a 600 de aquellos hombres de armas fugitivos y llevaron a cabo un último ataque montado que, como los anteriores, se estrelló contra las defensas de estacas, siendo dispersado por los arqueros y finiquitado con espadas y misericordias.
Enrique V estaba mandando este último combate, furioso porque la batalla ya había concluido y no tenía razón de ser, cuando fue informado del ataque a su campamento, con sus asesinatos, robos y saqueos. Entonces, el rey perdió la calma por primera vez en toda la campaña y tomó una decisión que los historiadores, pasados seis siglos, aún le siguen recriminando.
De inmediato, Enrique ordenó pasar por las armas a todos los prisioneros. Los nobles ingleses consideraron la orden como poco honorable y se negaron a cumplirla. Algunos rogaron a Enrique que perdonara a los franceses de más alta cuna, y consiguieron salvar las vidas de los duques de Orleans y de Borgoña. Pero todos los demás serían asesinados.
Un escudero al mando de 200 arqueros cumplió la luctuosa orden: como los franceses llevaban armaduras, los ingleses armados de hachas los masacraron quitándoles los cascos o alzándoles los visores, dándoles hachazos en la cara y la cabeza o sencillamente metiéndoles las misericordias por las ranuras de los visores.
Así, con esta innoble e innecesaria carnicería, concluyó la Batalla de Agincourt.
La vanguardia contaba 6 a 8.000 hombres de armas, 1.500 ballesteros y 4.000 arqueros. La mandaba personalmente Carlos d´Albret, asistido por los duques de Orleans y Borgoña, los condes de Eu y Richemont, su cocomandante Boucicault, el almirante de Francia y el señor de Dauphin. Cambiando el plan original, se pidió a David que, en lugar de ocupar el lugar asignado a la izquierda y detrás de la fuerza de ataque, se ubicara ahora en la vanguardia. Se mandó a Vendôme a reemplazarlo al flanco, con 1.600 hombres a la izquierda. Por la derecha formaba el señor de Brabante, al mando de una fuerza de 800 guerreros escogidos. Con los hombres de estas dos fuerzas de flanco se entremezclaban valientes nobles como Guillermo, Héctor y Felipe Paveuse (hermanos), Lanion de Launay, Ferry de Mailly, Allain de Vendonne, Aliaume de Gapaines y otros.
El centro del ataque francés era igual o ligeramente inferior a la vanguardia. Sumaba entre 3 y 6.000 hombres de armas y servidores armados, todos ellos a las órdenes de los duques de Bar y Alençon y de los condes de Nevers, Roussy, Grand-pré, Vaudemont, Salines y Blaumont. Según algunos cronistas, los artilleros estaban en esta sección, así como los arqueros y ballesteros. Fuentes francesas de la época señalan que no llegaron a disparar ni una sola flecha o venablo.
La retaguardia estaba compuesta por 8 a 10.000 hombres de armas montados. Los acompañaban entre 16 y 20.000 no combatientes armados.
En estas condiciones se entabló la batalla.
La batalla
Fase I: Avance inglés y carga de caballería francesa
Batalla de Agincourt
Con los ejércitos separados, Enrique ordenó el avance. A 200 m del enemigo, los arqueros formaron las cuñas de los flancos y clavaron sus estacas en el suelo, formando sus empalizadas defensivas. Acto seguido, descargaron una inmensa nube de flechas sobre el enemigo.
Se cree que este diluvio de muerte desde el aire estimuló a los franceses a entrar en acción. Los ballesteros intentaron contraatacar, pero debieron retirarse por la superioridad del fuego de los arqueros ingleses.
A continuación, d´Albret ordenó la carga de la caballería contra los flancos donde se parapetaban los arqueros, pero la misma fue un terrible fracaso: de los 800 jinetes del ala derecha sólo atacaron 160, mientras que los 1.000 del lado izquierdo sufrieron deserciones semejantes. Los caballeros debieron haberse dado cuenta de que los ataques a los flancos eran imposibles (porque Enrique, inteligentemente, había apoyado a sus arqueros contra los dos bosquecillos), y tampoco la fuerza encargada de atacar la retaguardia inglesa intentó siquiera cumplir su tarea.
Entre los que sí atacaron estaba Guillermo de Saveuse, cuyo caballo chocó contra una estaca, haciéndolo volar sobre el lomo para caer en medio de los arqueros enemigos. Uno de ellos tomó su daga "misericordia" y lo mató rápidamente.
Fase II: Ataque principal de las tropas francesas y melée
La fuerza del centro francés, aún no muy castigada pero asombrada y confundida por el fracaso del ataque a los flancos, intentó entonces avanzar hacia los estandartes de Enrique V (centro del ataque inglés).
Cortaron los astiles de sus lanzas y avanzaron en desorden, sin comprender que el fracaso del ataque anterior los había condenado de antemano a la derrota: los arqueros ingleses estaban intactos, y, a medida que los franceses se internaban en el "embudo" que conducía al frente inglés, les disparaban y los diezmaban con fuego de arco, sembrando la muerte y la confusión entre las tropas francesas.
Cuando los sobrevivientes llegaron a la distancia "de una lanza" de sus enemigos, comenzó el combate cuerpo a cuerpo. La lucha fue feroz: el duque de York recibió un golpe en el casco que le rompió el cráneo y lo mató instantáneamente. Los dieciocho guerreros franceses que habían jurado matar a Enrique V murieron enseguida, pero alguien (posiblemente el duque de Alençon), consiguió asestar al rey un golpe de maza en el casco que se lo abolló y le arrancó los adornos. De haber llevado la cabeza desnuda hubiese perdido la vida. El duque de Oxford cayó, moribundo, junto a Enrique, y éste debió batallar duramente contra dos soldados franceses para evitar que remataran al herido, lo que logró.
En ese momento, los arqueros ingleses comprendieron que sus arcos no tenían ya utilidad, porque en la salvaje melée (un tipo de combate cuerpo a cuerpo desordenado e informe) tenían tantas posibilidades de acertarle a un amigo como a un enemigo. Por lo tanto, se deshicieron fríamente de ellos y, empuñando las espadas, hachas y mazas, se lanzaron también a la confusa lucha. Los arqueros no llevaban armadura, lo que se convirtió en una ventaja determinante al enfrentarse a los caballeros franceses encerrados en sus pesadas armaduras. En pocos minutos, los mataron a todos.
Los franceses confundieron asimismo el sentido de la lucha y menospreciaron los riesgos de rendirse: pensaban que la melée era un duelo honorable, un lance singular uno contra otro en el que, al encontrarse vencido, se podía arrojar al suelo las armas o el guante y esperar un trato justo. Como es natural, los ingleses (muchos de ellos hartos y enfermos, y para colmo campesinos e iletrados) no opinaban lo mismo. El duque de Alençon murió por este motivo: luego de su lucha con Enrique V, súbitamente le entregó sus armas. Enrique, sorprendido, las aceptó. Cuando Alençon inclinó la cabeza en gesto de agradecimiento, fue rápidamente degollado por un arquero inglés que había echado mano a su afilada daga. A muchos otros nobles franceses les sucedieron desgracias similares.
La segunda división francesa se sumó a la primera y fue también masacrada; la tercera, aún montada, decidió que lo mejor era retirarse prudentemente y se alejó a galope del campo de batalla.
Ninguno de los dos jefes franceses estaban ahora en situación de recomponer su formidable ejército (que aún continuaba superando largamente en número a los ingleses): d´Albret había muerto en la melée y Boucicault había sido capturado. A a lo largo y ancho de la vanguardia francesa era un mar de confusión, y los hombres caían, huían o morían como moscas.
Fase III: la matanza
La Batalla de Agincourt había comenzado y concluido en apenas media hora. Llegaba el mediodía, y los ingleses reunían a sus prisioneros, saqueaban a los muertos y hacían cuentas acerca de los suculentos rescates que obtendrían por las vidas de los nobles capturados. Hasta aquí, el final no se diferenciaba en nada a los de las demás batallas medievales.
Pero, a primera hora de la tarde, algo inesperado sucedió. El señor de toda aquella zona, Isembart de Agincourt, junto con Robinet de Bournonville, Riflart de Clamasse y otros hombres de armas autóctonos, atacaron por cuenta propia la retaguardia de Enrique y, aprovechando la relajación de la victoria, entraron en su campamento, mataron a sus ocupantes y se apoderaron de los bienes, incluyendo la corona y la espada incrustada de joyas del rey.
Al mismo tiempo, los jinetes de la tercera división francesa (aquellos que se habían dispersado y huido sin combatir) se arrepintieron de su conducta, conscientes del deshonor que se estaban inflingiendo a sí mismos. Los condes de Marle y Fauquenbergh, apoyados por los señores de Chin y Louvroy, reunieron a 600 de aquellos hombres de armas fugitivos y llevaron a cabo un último ataque montado que, como los anteriores, se estrelló contra las defensas de estacas, siendo dispersado por los arqueros y finiquitado con espadas y misericordias.
Enrique V estaba mandando este último combate, furioso porque la batalla ya había concluido y no tenía razón de ser, cuando fue informado del ataque a su campamento, con sus asesinatos, robos y saqueos. Entonces, el rey perdió la calma por primera vez en toda la campaña y tomó una decisión que los historiadores, pasados seis siglos, aún le siguen recriminando.
De inmediato, Enrique ordenó pasar por las armas a todos los prisioneros. Los nobles ingleses consideraron la orden como poco honorable y se negaron a cumplirla. Algunos rogaron a Enrique que perdonara a los franceses de más alta cuna, y consiguieron salvar las vidas de los duques de Orleans y de Borgoña. Pero todos los demás serían asesinados.
Un escudero al mando de 200 arqueros cumplió la luctuosa orden: como los franceses llevaban armaduras, los ingleses armados de hachas los masacraron quitándoles los cascos o alzándoles los visores, dándoles hachazos en la cara y la cabeza o sencillamente metiéndoles las misericordias por las ranuras de los visores.
Así, con esta innoble e innecesaria carnicería, concluyó la Batalla de Agincourt.

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